domingo, 23 de junio de 2013

¿Cuál es la cultura que nos salva?

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El hombre es hijo de la cultura: el lenguaje, el trabajo, la música, el baile, el mito, la religión, la poesía, el amor, son productos culturales que arman las raíces identitarias de las personas.

La cultura es también el acto donde participa el modo cubanísimo de cocinar el congrís, la carne de puerco, la yuca con mojo; la gestualidad ilimitada, o el butacón donde disfrutamos del juego de pelota, o de aquello que elegimos para el DVD.


Esta vive en el trato, en la comunicación, en la mesa que se aprieta para dar espacio a un recién llegado. Toda cultura nos viene del país, o de fusiones y sustancias universales, unas veces de alto valor humano, otras, llenas de banalidad enajenante diseñada para alimentar la indiferencia y matarnos la raíz.



El asunto es que ella define la existencia y la libertad del hombre. Hay una cultura de emancipación que libera las facultades de ser criatura amable del universo, esa nos lleva a la justicia, a la responsabilidad social, al compromiso, al respeto de asumir la felicidad a través de los demás.


Otra es de dominación, hegemonía fabricada desde los círculos de poder imperial que se han impuesto la meta de dominar las mentes de las personas. Es una guerra de productos seudoculturales que nos parecen inofensivos porque solo “nos entretienen”.


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 Esa cultura de dominación capitalista no quiere personas que piensen sino que consuman, ¿qué consuman qué?, productos enlatados de mala calidad, algo efímero y sin importancia, el chisme con un poco de morbosidad, ser testigo virtual de la lástima y el ridículo del que grita en un “Caso Cerrado”.


Hegemonía cultural que convierte al cinismo en arma de éxito y a la mentira en una forma del “todo está permitido en la guerra de todos contra todos”.


La verdad ni siquiera tiene escenario para ser demostrada, se pierde en la información de otra noticia espectacular que el hombre consume sediento de curiosidad...


Para la cultura de dominación no importa la memoria sino la desmemoria; la historia de un pueblo no es importante porque lo mejor es vivir la vida  encerrado en sí, olvidarse del pasado y del futuro. Las armas de tal cultura son sofisticadas, fascinantes y peligrosas.


Nadie puede subestimar el hecho de que hoy nos invaden con la enajenación, el egoísmo, la fragmentación, la pasividad de cruzar las manos como si nadie serruchara el piso que sostiene nuestras vidas.


¿Quiere un ejemplo elocuente? Muchos videojuegos alimentan la cultura de destruir por encima de la cultura de la paz, aniquilan desde la imaginación hasta la capacidad de establecer relaciones sociales.


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Call of Duty (El llamado del deber). Videojuego, de
modalidad “tirador en primera persona”, que se
caracteriza por recrear diversos escenarios
militares en los cuales los jugadores tienen
que masacrar a sus potenciales enemigos

Un niño juega y sale del cuarto con la expresión feliz: ¡Maté a treinta y cuatro! …¿treinta y cuatro qué? No, no eran animales de cualquier especie, eran personas, casi siempre árabes, chinos, negros. Si usted se asoma a la computadora verá la sangre digital pegada a los escalones o al pasillo gris de una casa que parece real.


Luego el niño oye y ve la noticia por el televisor sobre los aviones sin pilotos, Made in USA, que mataron a 40 personas incluyendo a un niño de 12 años.  La realidad y la fantasía son fragmentos que se entrecruzan… (¿Y dejamos de sentir horror ante el acto de liquidar a un ser humano?)


El imperialismo cultural de la era digital nos plantea desafíos que comprometen nuestra independencia como seres de humanidad. Uno de los filos de las actuales tecnologías apunta hacia un nuevo modelo de colonización.


Dentro de nuestro país esa cultura de dominación penetra y nos asedia los mejores valores; por eso se necesita, en primer lugar, estimular un pensamiento crítico, una cultura de debate público, alternativas de resistencia y creatividad, pedagogía que alimente los sentimientos.


Ninguna prohibición sirve para librar una batalla cultural, hay que estimular el hábito de lectura, defender el modo de ser de la juventud sin perder el legado ético de los padres y abuelos: sin olvidar que la palabra decencia no envejece, tampoco la imaginación, ni el espíritu de conmoverse ante la belleza.


Por otra parte, no se puede hacer política sin cultura integral que beba de las fuentes acumuladas, y del pueblo profundo que porta los mejores cantos para defendernos de formalismos y falta de cubanía.


La letra chabacana de una canción, la corrupción del lenguaje y la mala educación, son aliados inconscientes de la incultura que corroe el alma.


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 Finalmente, hay una cultura que nos salva: esa que cabe en el ala del colibrí martiano: Ser buenos para ser dichosos. Ser cultos para ser libres. Libertad ganada desde las filas del amor que siente el dolor ajeno, y la felicidad ajena, como partes de la misma mejilla que reúne a diversas culturas, para dar la mano franca y solidaria a cualquier hombre de la tierra.


(*) Profesor de la Universidad Jesús Montané Oropesa y colaborador

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