viernes, 10 de junio de 2011

Reina Luisa Tamayo: la segunda muerte de su hijo

Reina Luisa Tamayo, al centro, junto al congresista cubanoamericano Mario Díaz-Balart, izquierda, y el representante cubanoamericano David Rivera, dos de los defensores en el gobierno de Estados Unidos del terrorista Posada Carriles.

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Por Ernesto Pérez Castillo

A Reina Luisa Tamaño, el hijo que antes le arrebataron en vida, ahora después de muerto se lo han vuelto a arrebatar.

Orlando Zapata Tamayo murió en la cárcel, tras una huelga de hambre de verdad –sin el show mediático que alimenta y sostiene a Guillermo Fariñas cada vez que deja de comer– y eso hace una diferencia.

Mientras duró su agonía, los que ahora lo visten de mártir no movieron un dedo para desalentarle su decisión fatal. Antes bien, le impulsaron a continuar su sin sentido, mientras ellos posaban ante las cámaras, simulando un dolor que no sintieron jamás. Ahí le arrancaron a esa madre su hijo por primera vez, al dejarlo solo en su ciega obstinación.


Ahora, cuando Reina Luisa ha llegado a Miami con las cenizas de su hijo, se lo han vuelto a arrancar de entre las manos, y le han dicho que prepararán para él un nicho en el así llamado Mausoleo de los Héroes de Bahía de Cochinos.

Uno de los que estuvo presente en el aeropuerto, ahora beneficiándose también de las cámaras en el recibimiento a Reina Luisa, fue el representante republicano David Rivera, protagonista en la recaudación de fondos para la defensa del terrorista Luis Posada Carriles, junto a quien estaba el día que el criminal se jactó: “Ya nosotros ganamos… lo que no hemos cobrado todavía”. De hecho, aquella tarde David Rivera repitió ante los micrófonos las palabras de Posada, pues la audiencia no las había escuchado bien, y la denuncia del suceso hecha publica en Cubadebate, le costó al sitio cubano que Youtube le cerrara de una vez y por todas su canal de video.


Orlando murió como había decidido –y hasta aquí lo he señalado siempre por su nombre o usando la palabra hijo, cosa nunca se le ha visto hacer a su madre, pues la señora siempre se refiere a él por su apellido, Zapata, como hacen en Cuba los cubanos cuando hablan de un extraño–, pero no estoy del todo seguro de que vaya a ser enterrado en el sitio que hubiera preferido.

Y es que el tal “Mausoleo de los Héroes de Bahía de Cochinos” no es más que el lugar donde reposan los restos de los mercenarios que reclutados, organizados, entrenados, armados y a las órdenes de Washington y la CIA, invadieron la Isla en 1961 y fueron derrotados a sangre y fuego por las milicias populares en menos de setenta y dos horas.

Depositar en ese sitio las cenizas de Orlando Zapata equivale a colocar el punto final al rótulo que lo acusa desde el primer día como mercenario del gobierno de los Estados Unidos.

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