domingo, 22 de mayo de 2011

Cocodrilo, poblado sureño de la Isla de la Juventud de pasado inglés y presente ecologista

Vista parcial de Cocodrilo frente al mar

Sólo los huracanes interrumpen la tranquilidad de Cocodrilo, pequeña aldea costera que fundaron en suelo cubano inmigrantes de Islas Caimán a inicios del siglo XX.

Sus poco más de 320 habitantes viven de la pesca, la agricultura o el bosque, que aprenden a cuidar desde la infancia. Pero no siempre fue así.

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De cara al mar, Cocodrilo está a unos 100 kilómetros de Nueva Gerona, capital de la Isla de la Juventud, la segunda mayor del archipiélago cubano. “La vida era muy difícil aquí, no había carretera como la que hay ahora, ni corriente (energía eléctrica), la vida de los pescadores era dura”, dice a Tierramérica Jenny Rivers, de 78 años.

Las noches de Cocodrilo solían ser tan oscuras como la boca de un lobo. Con el nuevo siglo llegó la electricidad las 24 horas del día, generada  por un grupo electrógeno alimentado a gasóleo.

Rivers se instala de mañana frente al ventanal de su casa para ver el mar que alimentó a varias generaciones de su familia. “Mis padres vinieron de Caimán, y mi esposo era hijo de William Jackson, fundador de Cocodrilo,  que antes se llamaba Jacksonville”, cuenta. El inglés era la lengua común.

Algunos sobrinos caimaneses –o “caimaneros”, como les dicen aquí– han venido a visitarla. “Dicen que esto se parece mucho a Islas Caimán, por  sus casas, el paisaje…”, afirma. ¿Qué pasa cuando viene un huracán?

“Ah,  me voy a Gerona con una de mis hijas. A todos nos llevan a lugares  seguros”, responde Rivers sin alterarse.

Dos de sus bisnietos estudian en la escuelita primaria de Cocodrilo. El varón quiere ser médico. La niña aún no decide. Como todos los que nacen aquí, saben nadar desde pequeños y aprenden de sus maestros y maestras a querer y cuidar la naturaleza.

“Este poblado está en un área protegida, hay que cuidar los árboles, no echar basura ni prender fuego en los bosques, para evitar los incendios”, explica a Tierramérica Yenia Amador, de nueve años. “Tampoco debemos  lanzar desechos tóxicos al mar, porque se enferman los peces”, acota  Isaura Soto, de la misma edad.

Entre las aves de la floresta sureña de Isla de la Juventud, Jenny Ruiz, de ocho años, prefiere al tocororo (Priotelus temnurus). “Es azul, blanco  y rojo, que son los colores de la bandera cubana. A ella ni a ninguna otra avecita hay que tirarle piedras”, dice.

Desde este año, Cocodrilo cuenta con una planta de gasificación de biomasa forestal para generar luz. La instalación es parte de un proyecto internacional de generación y distribución de energía renovable para la Isla de la Juventud. El poblado podrá ahorrar 75 por ciento del  combustible fósil en su alumbrado, que, además, será menos contaminante.

“La experiencia permitirá evaluar la tecnología y el manejo del bosque y, de ser positiva, podrá extrapolarse a otras comunidades con similares características. También lo que se hace en educación ambiental puede ser generalizado a otros lugares”, dice a Tierramérica el especialista en  áreas protegidas José Izquierdo.

Para los pescadores hay, también, un antes y después. Una suspensión de la caza de tortugas reorientó las faenas de la gente de mar de Cocodrilo que, por generaciones, vivió de la pesca de quelonios. “Pero ahora estamos mejor”, asegura a Tierramérica Gertrudes Figueredo, de 56 años y 27 de  vida marina.

Con apoyo del Fondo Mundial para la Naturaleza, Figueredo y sus compañeros mejoraron su equipamiento. Además, por la pesca del pargo (Lutjanus  analis) y otras especies apetecidas perciben 20 por ciento de las  ganancias en divisas.

Cocodrilo es la única comunidad humana en el sur de la isla, un sitio Ramsar -humedal de importancia internacional– y Área Protegida de  Recursos Manejados. En su fauna se cuentan aves endémicas como el  zunzuncito (Mellisuga helenae), un tipo de colibrí, y el sijú platanero  (Glaucidium siju vittstum), una de las lechuzas de las Antillas.

Unas 126.200 hectáreas de la Ciénaga de Lanier y Sur de la Isla de la Juventud fueron incluidas en noviembre de 2002 en la lista de humedales de importancia internacional de la Convención de Ramsar, adoptada en 1971 en esa ciudad de Irán para preservar esos ecosistemas y planificar su uso sostenible.
Aquí se han reportado hasta ahora 35 especies de aves, 11 de reptiles (cinco endémicas), seis de mamíferos (cuatro de ellos introducidos), siete de insectos himenópteros y cinco de crustáceos terrestres.

Una estación ecológica encargada del manejo del área protegida cuenta con personal especializado para la conservación de las especies autóctonas, sobre todo de los quelonios.

Las tortugas se monitorean desde abril a septiembre a lo largo de la playa, explica a Tierramérica la especialista principal de la estación, Bárbara Martínez. El seguimiento incluye el conteo de los huevos y de su cantidad por nido, entre otros datos que permiten hacer comparaciones con años anteriores.

“Las tortugas suelen poner los nidos muy cerca de la línea de marea, de modo que los investigadores los trasladan a sitios más alejados para que  no se afecten con la subida del mar y evitar que los huevos se humedezcan  o se echen a perder. Esto es parte del manejo de la especie”, añade  Martínez.

La iguana, de poblaciones vulnerables por la destrucción de hábitat y la caza, es también objeto de la atención de Martínez y su equipo. La información recogida se envía al Centro Nacional de Áreas Protegidas en La Habana, donde se estudia el comportamiento de la especie en todo este país caribeño.








 (Publicado originalmente el 24 de julio por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica. Con información de IPS)

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